La crisis de ansiedad

Sufrir una crisis de ansiedad (también conocida como ataque de pánico) resulta una experiencia muy difícil de asimilar, extraña y perturbadora. La persona experimenta un temor extremo a morir, a perder el control o a volverse loco. Siente como si el cuerpo de repente se descontrolara y algo terrible le estuviera sucediendo.

Palpitaciones, dolor torácico, falta de aire, temblores, vértigo, mareo y sensación de irrealidad son algunos de los síntomas más comunes. Por eso, no es de extrañar que a la persona pueda parecerle que está sufriendo un infarto, que enloquece o incluso que está muriéndose.

A decir verdad, la crisis de ansiedad no es más que una respuesta del cuerpo ante un supuesto peligro que cree que le acecha, precisamente como ayuda para huir. El problema es que no existe peligro alguno. La persona que sufre la crisis nota los síntomas pero no acierta a comprender el significado de aquella reacción tan intensa del cuerpo. Experimenta una sensación de descontrol, intenta relajar el cuerpo pero no le es posible hacerlo. Cuanto mayor es el empeño en relajarlo, más se agravan los síntomas. Y es que uno mismo, al asustarse ante la intensa reacción corporal, activa el sistema nervioso simpático, que precisamente entra en funcionamiento en estado de alerta; como consecuencia de ello, se generan más síntomas.

Una persona que experimenta la sensación de enloquecer o de morir, es lógico que esté asustada. Porque puede dar crédito a esa percepción como consecuencia de la reacción que le transmite su cuerpo. Pero en realidad, en este caso no puede acontecer ninguna de las dos situaciones. Quien es víctima de la locura no es consciente de que está enloqueciendo. Y es imposible sufrir un infarto o morir por una crisis de ansiedad porque se trata de una reacción normal de defensa del cerebro. Reaccionaría de la misma manera ante un peligro. Por tanto, el cuerpo lo soporta perfectamente. La diferencia radica en que al encontrarse ante un peligro ni siquiera notamos los síntomas.

A menudo, la primera crisis crea un miedo traumático. Este miedo es el responsable de que se repitan posteriores episodios, debido a la anticipación y a estar muy pendiente de cualquier síntoma físico que pueda asemejarse a la ansiedad. La persona ha experimentado la posibilidad de que el cuerpo se descontrole. Pierde su seguridad básica. Cuerpo y mente se han convertido en unos perfectos desconocidos que están fuera de control. Desalienta pensar que el peligro yace en nuestro interior. No saber cómo enfrentarse a esta situación. A partir de ese momento, el temor de dónde y cuándo volverá a producirse una crisis atrapa a la persona, haciendo que se sienta cada vez más insegura y en estado de alerta. Trata de evitar situaciones que cree que pueden provocarle la crisis, o piensa que si se produce una no sabrá qué hacer. Y esto es otra de las cosas que acentúan su intensidad porque la alerta es el desencadenante de la ansiedad, puesto que interiormente se vive como si existiera un peligro del que la persona debe protegerse.

¿Y qué hacer? Si se considera oportuno, acudir al médico o a urgencias para descartar cualquier problema. A continuación, aceptar que se está asustado y que es normal experimentar este estado en una situación como ésta (¡y quién no lo estaría!). No hay que buscar relajarse, más bien aguantar el malestar. Es un matiz importante porque la relajación no concuerda con lo que uno está viviendo en ese momento. En realidad, en este caso es una exigencia. ¡Nadie logra relajarse con tanto malestar encima! Cuando se aguantan los síntomas, acaban por desaparecer. Ya no tienen razón de ser.

Puede resultar de ayuda pensar que cada crisis es como una ola. Es preciso resistir el embate de la ola y observar que, con el tiempo, disminuyen los síntomas. Decirse a uno mismo en medio de una crisis que no pasa nada, que no resulta peligroso. Darse cuenta de que, a pesar de la aparición de molestias que dificulten la respiración, en realidad no se deja de respirar. Es importante no realizar grandes inspiraciones, porque más allá de lo que pueda parecer no existe una necesidad de un gran volumen de aire: de este modo se evita hiperventilar, motivo de muchos de los síntomas de la ansiedad. Asimismo, intentar centrarse en lo que se esté haciendo, concentrarse en otras cosas, no en los síntomas de ansiedad. Actuar com si no existiesen. Esto evita que la mente persista en activarlos.

En la resolución de la crisis de ansiedad juega un papel muy importante la reconciliación con el cuerpo y la mente. Comprenderlos. Es preciso tratar de averiguar qué factor propició la primera crisis. Porque esta crisis indica que hay algo de la propia vida que genera un profundo sufrimiento. Muchas veces se trata de un malestar inconsciente, por ello no se vislumbra una causa clara que lo haya desencadenado. A menudo las personas que sufren ataques de pánico dicen no entender la situación, que ellas están muy bien con la vida que llevan. No son conscientes de nada que les esté afectando hasta tal punto. Han aprendido a reprimir este sufrimiento hasta que, cuando estalla, lo hace sin concesiones. Se trata de que aprendan a reconocer cuando algo no les gusta o les causa sufrimiento, y de que puedan actuar para evitarlo.

© Integra Terrassa 2020  – Diseño web: joelmarco.com