El insomnio y la ansiedad por dormir

Para mucha gente la hora de acostarse se puede convertir en una auténtica pesadilla: las horas pasan y, por muy fatigado que uno pueda estar, no hay manera de conciliar el sueño. Puede suceder también que la persona se despierte al cabo de un rato, se desvele y ya no consiga volver a dormir.

El insomnio no es algo baladí. Existen distintos tipos y muchos factores acaban influyendo. En este artículo voy a centrarme en un aspecto que a mi entender es muy importante, habitual en muchos tipos de insomnio: la ansiedad que se produce en el momento de dormir. Las propias ganas de conseguirlo son las que dificultan que pueda conciliar el sueño, y esto provoca que vaya aumentando su nerviosismo.

Dormir es saludable y necesario. Es verdad. El problema radica en autoimponerse que esto suceda de manera inmediata. Al darse cuenta de que no se consigue conciliar el sueño puede surgir el miedo a quedarse en vela toda la noche y empezar a fabular sobre las terribles consecuencias que ello acarrea: «Con todo el trabajo que tengo, mañana no me podré concentrar», «ya llevo varios días sin dormir, si sigo así mi salud se acabará viendo perjudicada», «sin dormir, mañana estaré hecho polvo»… Aquí empieza la ansiedad y la lucha.

En estos momentos en que parece que no dormir las horas de rigor puede suponer un auténtico desastre, es muy importante tratar de rebajar la presión. Ante todo, cabe reflexionar sobre las creencias que consideran imprescindible el hecho de dormir de manera rápida y seguida. En este sentido, se pueden tener presentes las siguientes consideraciones:

– La necesidad de dormir es diferente de persona a persona. A algunas les basta con cinco horas para estar frescos como una rosa, en cambio otras necesitan un mínimo de nueve. Además, tendimos a dormir menos horas a medida que nos vamos haciendo mayores.

– En el dormir, como en tantas otras cosas en la vida, es más importante la calidad que la cantidad.

– No siempre se duerme de una tacada. Es normal que se produzcan interrupciones de sueño nocturnas.

– Es frecuente pasar por épocas en que se duerme de manera seguida y otras en las que esto resulta más costoso. Numerosas circunstancias pueden llegar a influir en el sueño: desde el calor, pasando por preocupaciones hasta problemas de salud, entre muchos otros factores. Mejor no obsesionarse, evitar darle demasiada importancia y tratar de pensar que es algo circunstancial. Si actuamos de esta manera, lo más probable es que la situación terminará por regularse.

– Y sobre todo, es preciso poner en valor el descanso. Está comprobado que el tiempo de relajación puede ser equivalente a dormir. Por tanto, descansar sin dormir tiene también un efecto saludable y reparador.

Muy importante es reducir el nivel de exigencia por quedarse dormido, puesto que cuanto mayor sea esa exigencia, más va a costar conciliar el sueño. Si yo pienso que tengo que dormir, lo que estoy haciendo es intentar controlar el sueño: cuanto más se intenta controlar, mayor es el grado de activación. Y de esta manera, estoy impidiendo que el mecanismo que permite empezar a dormir se ponga en funcionamiento. Porque es el sistema nervioso simpático (de alerta) el que está activo, y en cambio debería estarlo el sistema nervioso parasimpático (de relajación). El sueño debe apoderarse de nosotros de manera natural, nosotros no debemos salir a su encuentro. Al cuerpo no le gusta que lo empujen. Por ello, a menudo, quien padece insomnio se queda dormido en el sofá viendo la tele y, en cambio, no consigue dormirse en la cama.

Otro aspecto relacionado con el punto anterior que perpetúa el insomnio es el propio malestar, la angustia física que crea, que hace muy difícil dormir. El tiempo durante la noche se dilata, con la oscuridad y la falta de estímulos puede llegar a ser interminable. Sumidos en el silencio, todos los problemas o malestares físicos devienen negros e inmensos.

De ahí que sea muy importante encontrar la manera en que la persona pueda vivir la situación con mayor bienestar. La mente siempre está activa. En vez de ocuparla con pensamientos de que no es posible dormirse o empezar a darle vueltas a aquello que nos angustia, una mejor estrategia es pensar en cosas más agradables. Planificar las vacaciones o el fin de semana. Decidir qué libro leer o qué serie ver próximamente. Escuchar (mejor con temporizador) música tranquila que nos guste o sonidos de naturaleza (mar, pájaros, agua…). Otra opción pasa por intentar relajar el cuerpo. O, si esto resulta pesado, centrarse en distender la cara. La idea es vivirlo como un momento de reposo, que puede tener el mismo valor que el acto mismo de dormir.

Si a pesar de todos los esfuerzos no hay manera y va aumentando el nerviosismo, podemos ir un rato a otra estancia de la casa hasta que veamos factible volver a la cama.

Lo cierto es que dormir es algo que no depende de nosotros. Depende de que el cuerpo considere que puede bajar la guardia. Nosotros no tenemos el control. «Solo» necesitamos parar. Y es entonces cuando nuestro interruptor interno decide que ha llegado el momento de dormir. Esto sucede cuando el cuerpo percibe que estamos en modo descanso, que no es necesario permanecer en estado activado. Por ello, evitar la prisa y buscar el descanso resultan ser dos actitudes fundamentales para hacer frente al insomnio.

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